sábado, 8 de febrero de 2014

Yo soy el músico que jamás se ha escuchado



Yo soy el músico que jamás se ha escuchado.

Recorro el país temporada tras temporada. Toco en los salones más elegantes, en las fiestas de mayor relevancia, alejado de mi familia y de mi casa. Pero, de tan remoto, no consigo recordar el sonido de mi saxofón.

Hace ya diez años  conseguí entrar en la Hermann Big Band, formación de gran prestigio, grandilocuente y hedonista, alabada y seguida en los círculos más selectos de la sociedad. Me integré, orgulloso en la sección de metales, elegantemente trajeado, igual a los otros cinco saxofones, tres trompetas y trombones. Desde entonces coloco sobre mi atril ribeteado los arreglos relucientes de las diferentes piezas y los ejecuto de forma impecable y rutinaria. Las damas giran sobre sí mismas, sonrientes. El sonido de la banda brota luminoso, rutilante. Hermann dice que todos por igual contribuimos en la edificación de ese sonido frágil y elegante. Cada uno una pieza más del hábil rompecabezas. Pero yo , tapado tras el estruendo de Frank , el grueso trombonista, no me oigo en absoluto. A veces  me he atrevido a dejar de soplar por un instante, a omitir un par de compases de forma consciente. Y nadie ha notado mi ausencia...

Hermann no permite que ensayemos por nuestra cuenta. Dice que fomenta el individualismo, la vanidad de la que él es el único poseedor legítimo. Las habitaciones de los hoteles son compartidas, los tabiques muy finos, con lo que no hay forma de quebrantar esa norma. Amparado en la oscuridad, alguna noche he ejecutado de memoria algún pasaje, dejando que mis dedos recorran las llaves del saxofón e imaginando el sonido que debía brotar si mi soplo le diera vida.

La temporada pasada recalamos en la capital de mi estado. Mi familia acudió gozosa a verme actuar. Mi madre proclama muchas veces, con una mezcla de orgullo y resignación, que a su hijo se lo llevó la música, que la grandeza del arte compensa el sacrificio de verme tan lejos .

Allí estaba yo, con mi traje y mi partitura saltarina, con mi ilusión y mi angustia. La maquinaria funciono perfectamente. Las piezas se sucedieron de forma mecánica, los pies se deslizaron sobre el encerado. De vez en cuando algún solista se levantaba para ejecutar un solo milimétrico, mil veces antes oído. Tras mi instrumento, veía los ojos de mi mujer esperando mi momento, agudizando el oído para identificar mi contribución a tan pesado armazón. Ni una cosa ni otra ocurrió .

Aquella noche dormí en casa, claro. Mi mujer me abrazaba con orgullo y tristeza. Mis hijos me pedían que jugara con ellos. El saxofón quedó ingratamente olvidado dentro de su maleta.

Que nadie se equivoque. No me quejo en absoluto. Formo parte de una de las mejores bandas del país, convivo con grandes músicos y mi familia esta bien atendida gracias a ello. Sólo albergo la esperanza secreta de que, cualquier día, alguien descubra que, a veces , omito ciertos compases de forma consciente, buscando mi propia voz.