domingo, 23 de noviembre de 2014

Sin querer caer

Qué suerte. Sus ojos comenzaban a hincharse de tal manera que pronto vería con dificultad. Dentro de poco no tendría que sufrir los focos hirientes. Tampoco la terrible expresión de su rival  mientras le castigaba la cara sin piedad, ni la mueca aturdida del arbitro que no se decidía a parar el combate. Ni siquiera a su novia  que le miraba angustiada desde la grada.

Qué bien. Ese último golpe en el costado le robaría el aire de los pulmones, le haría temblar las rodillas y le convertiría en un pelele todavía más fácil de tumbar. Sudaba sangre. Respiraba dolor.

Estaba encantado.Apenas podía alzar los brazos, que le pesaban como losas.Trataba de capear el temporal. Bajaba la cabeza, se agarraba a su oponente  iniciando una pesada danza sin música que bailar.

Qué alivio. Mañana no se reconocería en el espejo. Notaba los pómulos inflamados, el labio partido, las cejas maltrechas, las manos desechas. Sin identidad podría huir,fingir ser alguien desconocido. Una nueva persona.Nada que reprochar.

Ya no sentía angustia, sólo un dolor balsámico llenaba su cuerpo.Sonreía tras el protector dental.

Tampoco oyó la campana. Súbitamente todo se detuvo. Se sorprendió sentado en la banqueta:su entrenador le había llevado hasta el rincón. Le bañaba las heridas. Le rebajaba la hinchazón en los ojos. Le aplicaba vaselina. La luz volvió a colarse en sus pupilas desgastadas. 


- Octavo asalto- le dijo- lo conseguiste. Tírate al primer golpe.

Se puso en pie trabajosamente y trató de cruzar el cuadrilátero.No pudo hacerlo. Su contrario se abalanzó sobre él, metiéndole dos manos en la cara.

Fenomenal. La nariz le ardía, las costillas astilladas, la cabeza apenas le regía.
Oía los gruñidos de su rival. “Tírate “, decía. 

- Abandone, por Dios -  le susurraba el arbitro. 

- Ríndete - le imploraba ella , hablando para sí misma- ya está hecho.

Pero ahí estaba él. Tambaleante. Encantado. Paladeando con deleite cada detalle de su derrota.

Sin querer caer .


Todavía.

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