miércoles, 6 de enero de 2016

Kunsthal. Rotterdam. OMA







Paseaba sin dirección fija, embutido en el abrigo, mis manos enterradas en los bolsillos, la cabeza sumergida entre las solapas. Caminaba maquinalmente, paseando la vista por las cornisas, la gente o las nubes. Ocupado en éstas y  otras cosas, me dejé llevar por el influjo de una suave pendiente  que se adentraba en un parque, casi sin elegirlo.

Hacía frío, la luz no conseguía traspasar la maraña de ramas huesudas, mientras resbalaba por una la húmeda alfombra. Poco a poco me fui hundiendo en un silencio tenso, en el murmullo de un lugar  extrañado de encontrar a alguien en un día tan poco propicio. Me sentía incómodo. Comenzó a chispear. El bosque se convirtió en un gran instrumento que interpretaba para mí. Mecido por la música proseguí mi paseo. Al cabo de unos pasos me llamó la atención un pequeño claro donde un grupo de personas se reunía en pequeños corros. Fui a su encuentro.

El grupo conversaba animadamente y bebía licores. Las luciérnagas les iluminaban  revoloteando por encima de sus cabezas. Eran asiduos del lugar. Me invitaron a unirme a ellos. Me contaron cosas asombrosas; sobre el bosque y sobre sus habitantes. Me enseñaron como sentir su su pulso. Ya no parecía un extraño. Me sentía mucho mejor. Tomé otra copa, reconfortado. La excitación iba en aumento. Me invitaron a danzar  con ellos. Me quité el abrigo y lo tiré por ahí. Bailé y los problemas que me atenazaban parecieron diluirse en el alcohol. Estaba eufórico  y lúcido. Parecía vivo de nuevo.

Acompañé a la comitiva, que continuaba con su extraña ceremonia, enroscándose  en los árboles, aspirando el musgo y líquenes. Comencé a entender cosas sobre mí mismo y mi relación con los demás. Asombrosas,  a veces desconcertantes . Aparecían ante mi imágenes y experiencias de otras vidas y otros lugares. Me divertía observando, desde donde estaba, los zapatos y las coronillas de mis acompañantes de ascensión. Era un buen sitio para mirar.  

A una cierta altura comencé a distinguir la carretera cercana, los coches, los neones  y el movimiento .La pálida luz artificial, los reflejos mojados, destacaban en la calidez del bosque. Se nos unió más gente, otros se perdieron entre los coches. Decidí continuar . 


No me daba cuenta pero nadie me acompañaba ya. Seguí subiendo; agarrándome a las últimas y finas ramas, soportando arañazos, resoplando. No me hubiera venido mal una copa más. La luz allá arriba era limpia e intensa. Me golpeaba en la frente y los ojos  y me hacía reír. Todavía cegado, reconfortado por la brisa, contemplé por primera vez la ciudad, y de tú a tú , conversé un rato con ella. Extraños tiempos nos toca vivir; los museos ya no son celosas y herméticas cajas donde preservar oscuros tesoros del pasado, sino  un revelador  paseo entre los árboles, petrificado.














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